CAPÍTULO 10 · PARTE III
✦ La parada que no era (La Ciudad de las Mil Paradas)
Hoy sin coche
Me desperté con la determinación de hacerlo mejor.
Mismo hotel, misma ciudad, pero hoy cambiaría la estrategia.
Nada de coche.
Nada de parkings subterráneos.
Hoy transporte público.
A las seis de la mañana ya estaba desayunando, convencida de que madrugar era la clave para que todo fluyera.
El plan parecía sencillo.
Demasiado.
Viajar para otros, sobrevivir para mí
En el tren iba un chico con una bici plegable.
La colocó sin esfuerzo, como quien repite un gesto aprendido desde siempre.
La megafonía anunció, con tono neutro, que si alguien se encontraba mal debía bajar en la siguiente estación y pedir ayuda.
Una frase con historia supuse.
Siempre hay una historia detrás de ese tipo de aviso.
Un grupo de escolares de unos siete años entró después.
Para ellos, moverse por la ciudad era un día más.
Para mí, una pequeña hazaña logística.
La ciudad como distracción constante
Barcelona no ayuda a llegar a tiempo.
Es demasiado bonita.
Miraba fachadas, balcones, detalles que no salen en los mapas.
No iba cansada todavía.
Iba confiada.
Pensé que tenía margen.
Pensé que esta vez lo estaba haciendo bien.
Mensajes que no piden permiso
Ese día la ciudad parecía empeñada en hablarme.
Un cartel anunciaba:
“Aquest Nadal el Tió també caga cripto!”
En el suelo, un letrero luminoso anunciaba cócteles a las nueve de la mañana.
Otra capa más de realidad alternativa.
Barcelona no susurra.
Te lanza mensajes a la cara.
Un oasis inesperado
Buscando un lugar para sentarme y poner en orden los apuntes de mi última auditoría, entré en una librería preciosa.
Al fondo, casi escondido, apareció un espacio que parecía un error del sistema.
Plantas.
Luz suave.
Una calma improbable.
El Bar Watson.
Un oasis dentro de la ciudad.
Saqué la tablet por inercia.
No estaba permitido, me avisó la camarera, era un lugar libre de tablets y laptops.
Me pareció justo.
Así que respiré.
Saqué el ganchillo.
Café a sorbos largos.
No ordené apuntes.
No resolví nada.
Solo paré.
Seguir sin cuestionar
Después tocaba retomar la ruta.
Volver al tren.
Seguir las indicaciones como quien sigue una receta conocida.
Línea correcta.
Dirección correcta.
Todo correcto.
O eso creía.
Demasiadas paradas.
Demasiados nombres.
El cansancio pensando por mí.
Estación final
“Estación final.”
Levanté la vista.
El andén no me sonaba.
Las maletas eran más grandes.
El ambiente, distinto.
Aeropuerto.
Durante unos segundos me quedé quieta, intentando entender cómo había pasado.
Había seguido todas las instrucciones.
Las del mapa.
Las del sentido común.
Las del cansancio.
El regreso fue largo.
Más caro.
Con más transbordos de los necesarios.
Cierre
Cuando por fin llegué al hotel, lo único que deseaba era una ducha caliente.
Y silencio.
No era el día que había planeado.
Pero era el día que había pasado.
Apagué la luz con la sensación de que Barcelona seguía teniendo razón…
aunque aún no supiera por qué.
Y, sinceramente, tampoco tenía fuerzas para averiguarlo esa noche.
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